lunes, 9 de mayo de 2016

El mar era el mensaje...






Había perdido las horas tras la espuma leve que desaparecía
al atardecer de los días, esperando al sol que vigilaba
en el horizonte inmenso y velado que ya nada le decía.

El mar silencioso arrastraba letras sueltas de tinta seca,
entrelazadas de recuerdos breves, débiles trazos de emociones lejanas,
letras que no hablaban nunca de la vida muerta aquel atardecer,
cuando el mar devoró su amor náufrago, ahogado en el silencio de las palabras.

Le ardían los ojos entre el fondo y la orilla, leyendo respuestas vacías
con el vaivén de las olas y con ellas desaparecía la esperanza de oír
la voz que un día le habló de un amor imposible antes de partir
hacia el silencio del miedo, temblor prohibido, secreta cobardía.

Te dejé el mar, escuchó un día. Está en mí, soy yo.
Creyó oír su voz. Rugía al atardecer más alto que las olas: era él.
El que responde a quien pregunta, el que salva a quien duda,
se acerca o se hunde, atormentado o en calma,
consuelo de pequeñas muertes, descanso de vida inmortal.

Quédate aquí, ahora.
Porque soy eterno, amor, cuando soy mar.





lunes, 7 de marzo de 2016

En ninguna parte...




 No pretendía llegar a ningún sitio: tan solo ir. Quería seguir avanzando sin pensar en un destino concreto, sin tener que elegir algún horizonte conocido. No había parado de deambular hasta que llegó al bosque que desplegaba infinitas ramas rozando el cielo. El sol en su despedida iba dejando motas de luz que salpicaban las hojas y ayudaban al viento a desperdigar chispas doradas. Miró alrededor y respiró paz; casi la sentía con los dedos, tan palpable como el tacto de la hierba que pinchaba suavemente la piel al pasar la mano. Se dejó caer sobre una enorme piedra gris, vestida de verde y ocre. El musgo crecía desde el suelo alfombrado de hierbas finas y rebeldes, cerca de las margaritas pálidas que envidiaban el fulgor rojizo de las amapolas. Contempló las flores silvestres extendidas a sus pies y deseó haber creado un ramillete igual con su paleta de colores. Deseó retener el juego de luz y plasmar sus matices a lo largo de un lienzo inmenso del que emanaría la misma paz que ahora sentía. Ella era una rosa que había crecido con el color de los pétalos que debían arroparla, pero jamás los encontró. Todo hasta aquel momento había sido un cuadro borroso y tétrico, perfilado con dolorosos trazos de inquietud y decepción. La certeza de los colores puros era un regalo tan inesperado como el hallazgo de aquel destino. Tan sorprendente como la dirección de sus pasos, como la intención de sus pies que le guiaron hasta aquel bosque desconocido y mágico, como todo lo vivido que debía olvidar.
Frente a sus ojos, de repente, había aparecido horas antes la estación del tren. No supo cómo llegó allí, ni cómo llegó a estar sentada en un vagón sucio contemplando su rostro en el cristal, pálido y triste frente a la oscuridad de la noche. Habían pasado los años por las mejillas que antes se sonrojaban a la menor oportunidad. Ahora, sin aquella tersura, amparaban unos labios tiernos que no se atrevían a abrirse. Sellados bajo el silencio, con la complicidad de los ojos enmarcados en tortuosos pliegues, tristes, agotados, anhelando un descanso que no eran capaces de intuir.
No sabía el trayecto, ni tampoco le importaba. El tren fue haciendo paradas a lo largo de la noche que pasó en un duermevela inquieto. Sola, hasta que un hombre con la cara tostada y las manos agrietadas de trabajar en el campo, se sentó frente a ella y la observó de reojo, curioso.
—¿Hace buena noche, verdad? —le preguntó, intentando iniciar una conversación.
—Pues sí. No sé… —contestó ella vagamente, sin saber bien lo que estaba diciendo. No quería pensar en palabras, ni siquiera para una charla educada de compromiso.
—Bueno, bueno. Ya veo que no tiene muchas ganas de hablar… ¿No estará enferma, verdad? Si necesita ayuda, no tiene más que decírselo a Julián —añadió el hombre confuso y sorprendido por la indiferencia de ella. —Julián soy yo, claro está… ¿Y usted cómo se llama?
—Rosa, me llamo Rosa… Se lo agradezco… La verdad, no sé cómo estoy…Bien, supongo…
Sus palabras fueron muriendo en la boca mientras las decía. Finalmente, apartó la mirada del rostro de Julián y regresó al laberinto oscuro de sus pensamientos sin poder más.
Julián, pese a sus buenas intenciones, pronto perdió el interés en contemplar a aquella mujer que abría y cerraba los ojos a través de una máscara impasible. Gente de ciudad, quién los entiende, pensó. Se apeó poco después y ella siguió escrutando la noche tras la ventanilla hasta que una fina línea de luz rasgó el horizonte. La grieta en el cielo desgarró los recuerdos que, por un instante, aparecieron nítidos y precisos en su mente, como en una pantalla iluminada por el incipiente sol.  
Rosa no pretendía destruirlo, pero lo hizo. Arrojó su último cuadro con furia desde la ventana aquella noche antes de huir. El lienzo destrozado en la acera; el rostro de él besando el asfalto negro. No volvió la vista atrás. Sabía que la tela quedaría empapada por la persistente lluvia que caía y la pintura acabaría formando parte de los pequeños riachuelos que avanzaban hacia las alcantarillas. Un insólito caudal de color oscuro, bermellón y antracita: rojo y negro en las ropas de su retrato fundido con el blanco roto de su piel.
Era pálida aquella piel de hombre, tanto que parecía no haber recibido nunca la caricia del sol. Era transparente y limpio: un cristal que reflejaba lo que otros exhibían frente a él. La sonrisa dulce, el mentón firme, los rasgos duros, los ojos con destellos de negro charol. Los intensos y profundos contrastes eran la clave de un rostro que ella deseó atrapar nada más verlo.
Lo había visto aparecer en su galería de arte “Rosa Verde” un día de abril. Lo vio pasear con indiferencia entre las obras que ella exponía como si hubiera aparecido por casualidad, por un capricho sin más. Al final, se detuvo ante una escultura colocada en medio del pasillo principal, sobre un pedestal de mármol, que representaba su sufrimiento desde la infancia abandonada y que había titulado “El Dolor”. Se veía a sí misma como aquella figura: una mujer diminuta encogida con la cabeza entre las piernas y largos mechones cubriéndole el cuerpo; su cuerpo acurrucado y vencido, hasta los pies.
Después de contemplarla durante unos instantes eternos, en un gesto dulce y medido, él extendió un dedo blanco y alargado que depositó justo en la nuca de la escultura y respiró hondo, como si hubiera llegado a la esencia de su ser. Después deslizó la mano a lo largo de los mechones de pelo, uno tras otro, de arriba abajo, hasta acabar en el talón de cada pequeño pie. Suave, lentamente, sin dirección. La recorrió de principio a fin, con mimo y precisión, y cuando levantó la cabeza fue como si la hubiera dominado por completo.
Ya era totalmente suya.
En silencio, todo se había paralizado bajo su influjo. Nada se escuchaba, pero todo se sentía. Sensaciones revividas y su dolor desaparecido.
Un sutil aroma a sándalo flotó tras él cuando se dirigió hacia la salida. Fue la despedida sin adiós de un desconocido sin nombre.
El hombre que sabía acariciar el dolor.
Rosa nunca había calculado cuánto tiempo permaneció junto a la escultura, inerte y clavada en el suelo, con la mirada fija en la puerta de la galería que él había cerrado sin ruido, con los sentidos inundados de calor rojo fuego, ardiendo por una mirada negra que ya le quemaba por dentro.
Tal vez fueron semanas, tal vez meses. Recorrió la ciudad, incansable, por parques, avenidas, callejones y descampados. Se detuvo frente a fuentes secas y bancos solitarios; ante autobuses que partían vacíos y dejaban un reguero de rostros anónimos y fríos. Preguntó a las mudas esculturas callejeras, a las palomas que huían al acercarse y buscó en cualquier hueco o vacío que surgiera a su paso. Permitió que las lágrimas con su humedad mitigaran el ardor y sangró para recordar el rojo intenso que velaba sus ojos. En ninguna parte lo halló, ni pudo escapar de él.
No supo cuándo comenzó a pintarlo. Los colores se aferraron al lienzo, más allá de su voluntad. Perfiló el rostro bañado en luz blanca con los contornos matizados de ocre tostado y gris. Deslizó el pincel por su cuello hasta rozar el borde de la camisa bermellón. El oscuro moteado de plata de su cabello, el carbón de sus ojos que refulgían en la negrura de la noche que ella no encendía más que con la luz de su obsesión. Encerrada en su estudio, lo tenía apresado entre cuatro paredes y pretendía dominar esa luz que la cegaba desde el pozo en el que iba cayendo. Sin comer, sin dormir. Sus huesos cubiertos de una fina piel, ajada por la sed, reseca por el dolor impotente, la sostuvieron hasta la última pincelada.
Lo tengo aquí. Es mío y ahora debo desprenderme de él, pensó Rosa. Esa convicción atravesó al final su fatigado entendimiento. Cubrió el cuadro con seda gris, a modo de sudario. Habitaba un muerto en su casa y en su vida que revivía en cualquier lugar, se removía en su pensamiento y latía contra su voluntad.
Nunca quiso destruirlo, no lo pensó cuando lo hizo. Todo se rompería al mismo tiempo y ella caería al suelo en infinitos pedazos de cristal tan claro, nítido y transparente como el que reflejaba su piel. Se vio otra vez en el espejo que aquel día le ofreció su rostro. Reconoció su imagen oculta, la más privada y dolorosa, íntima y secreta: peligrosa e inestable; un ser débil y moldeable, una mujer dependiente del amor que se encuentra en cualquier parte.

El sol se había escapado por el horizonte cuando los recuerdos que vagaban por la mente de Rosa se agotaron definitivamente. Un suspiro agónico la levantó y caminó de nuevo, sorteando las flores silvestres que alfombraban el claro del bosque con sus ramas infinitas rozando el cielo. La confortable oscuridad de aquel lugar la acogió sin temor y reconoció la paz, a través de los recuerdos; una paz que aún seguía allí a pesar de que los colores de las margaritas habían huido con el sol y la negra capa de la noche estaba presente para arroparla. No sabía cómo había llegado hasta allí, más allá del viaje en tren y de sus pasos vacilantes, pero ahora reconocía su voluntad recobrada y la muerte de su obsesión. Sentía la conciencia de antes, de su vida de siempre, de sus sueños interrumpidos y su futuro libre.
El olvido no estaba allí, ni en ninguna parte, ahora lo sabía. Lo había llevado siempre, en búsqueda, en su obsesión, en su huida. Nunca lo dejó. Siempre estuvo dentro de ella, esperando que su propia luz lo iluminara.

Otro camino se abría ahora, poderoso, sin dolor, donde ella quisiera, en cualquier parte.



jueves, 18 de febrero de 2016

¿Quién era ella?


         Se despidieron de ella en el cementerio una tarde de enero, cuando el sol aún resistía en el horizonte. La noche llegó después para el padre y el hijo que iban arrastrando el peso de la pérdida hasta su modesto piso en la calle Real. No se atrevían a formular las preguntas para las que todavía no tenían respuestas. Tras el funeral, dos agentes de policía habían intentado interrogarles sobre el asesinato de ella, pero sólo habían obtenido negativas, balbuceos y un profundo desconcierto.

Ni el padre ni el hijo eran capaces de entender cómo María González García, esposa y madre, ama de casa de 59 años de edad, había muerto desangrada frente a la parroquia de San Sebastián Mártir, con cinco puñaladas en el cuerpo, después de ser atacada por un drogadicto fichado en numerosas ocasiones y con un largo historial delictivo. En el bolso de la mujer apareció intacto un sobre con un grueso fajo de billetes, algo insólito, además, en alguien que no manejaba más dinero que el de la compra diaria.

Un sutil aroma a magnolia les recibió cuando abrieron la puerta del piso; su perfume aún impregnaba la tapicería del sofá donde se derrumbaba al final de la jornada, agotada y silenciosa. Todo parecía en perfecto orden, tal como ella lo había dejado antes de salir. Sólo quedaba una taza de café sobre la mesa de la cocina esperando a que regresara para descansar de nuevo, limpia y reluciente, en su lugar de la alacena.

El hijo miró fijamente la taza y deseó poder leer en los posos de aquel café todas las dudas acumuladas en las últimas horas. Levantó los ojos y vio a su padre con las mismas incógnitas en el rostro, repasando con la mirada, una y otra vez, los objetos familiares de la cocina, como si cada uno llevara escrito el misterio oculto de su mujer y el motivo de la tragedia. Notó que, por primera vez, los ojos de su padre no brillaban con la ira habitual; había derrota en el gesto amargo de su boca torcida, señal del combate entre rabia e impotencia.

Como mudos testigos del desconcierto, el bolso y su misterioso contenido reposaban en una de las sillas de la cocina.

- ¿Tú sabes qué significa esto? —tronó la voz del padre, por fin.
- Ni idea…
- ¿Pero de dónde demonios sacó tu madre ese dinero?
- No sé… Pero está claro que no fue un robo...
- ¿Conocería a ese hombre?
- Seguramente. El poli dijo que un par de chicos les oyeron hablar antes de que la atacara…
- Joder, ¿sería su amante?
- No creo, papá. Eso es imposible…
- ¿Qué debemos pensar entonces? ¿Eh, di? ¿Qué?
- No sé…
- Si ella nunca salía… Si iba a la compra o a misa, nada más. Sola. No tenía tiempo para amigas. Yo creía que estaba siempre en casa. Que estaba bien, aquí en casa, siempre…

La voz fue perdiendo fuerza, apagándose como una llama inútil, cada vez más débil, sin oxígeno hasta extinguirse definitivamente.

Bajo la lúgubre sombra que proyectaba la figura de su padre, inmóvil frente a la ventana, recordó otras noches en las que las discusiones de la cena habían dejado paso a una tácita aceptación. Día a día, año tras año, había dejado de oír las protestas de su madre y las órdenes tajantes de su padre. Ella tenía que quedarse en casa y no había más que hablar. Tenía que cuidar a su hijo sin que nada le faltase y, por supuesto, tenía que cuidarle a él, ocuparse hasta del último detalle, para su comodidad, para que pudiera soportar mejor la larga jornada en la oficina: las camisas limpias, la comida caliente y casera, las zapatillas a punto y el sofá reservado al llegar a casa. Ese era el orden natural de las cosas. Así había sido siempre y así tenía que ser; así lo hizo su madre y la madre de su madre y otras muchas antes que ellas desde el principio de los tiempos… Amén.

Ahora sabía que el silencio de su madre no había sido consentimiento; no fue resignación ni cobardía, sino amor y desafío a partes iguales. Su madre había huido, al menos durante algunas horas al día lejos del cerco que imponía su padre. “¿Pero cómo?”

- ¿Y esto qué es? ¿Qué coño son todos estos papeles?

El grito de su padre le sobresaltó de nuevo. Sobre la cama de matrimonio había desperdigado el contenido de los cajones y, con medio cuerpo en el armario, lanzaba ropa en un confuso montón que aumentaba sin parar: la bata vieja de su madre, ropa interior desgastada por el uso, el par de zapatillas que usaba en casa y algunas prendas más, descoloridas y deshilachadas de tanto lavarlas. Encima fue colocando trajes de vestir, elegantes y sobrios, camisas blancas de delicado encaje y varios pares de zapatos oscuros de tacón. Sobre la cama, ya sin apenas espacio, apiló carpetas y papeles sueltos donde aparecían reseñados nombres y casos judiciales, sentencias, requerimientos y numerosos documentos oficiales que se vio incapaz de descifrar. Al fondo del mueble, junto a un título de licenciatura en Derecho, apareció un sobre marrón con dinero y un significativo mensaje: “Por si falto…”

- ¿Cómo es posible que guardara todo esto sin que yo lo supiera? ¿Y para qué?…

De la furia había pasado al abatimiento. Se derrumbó sobre el montón de ropas, objetos y papeles que cubrían la sencilla colcha de matrimonio y se tapó la cara con las manos para no ver, como siempre había hecho. No la veía, en realidad nunca la miró bien ni preguntó. ¿Para qué? Ella estaba presente a la hora en punto para él. “Era suficiente, ¿o no?...”

El timbre rompió el silencio y el hijo abrió la puerta a una elegante y resuelta joven que lucía un velo triste en los ojos. La sorpresa hizo que padre e hijo se quedaran plantados en el vestíbulo con la mirada turbia y el rostro inexpresivo.

- Lamento llegar tarde para darles el pésame. Me ha dolido mucho la muerte de María y más de esta forma tan cruel e inmerecida. Era una gran compañera, profesional y diligente. La mejor abogada que he conocido. Ella hizo todo lo posible por ayudar a Wilson, le permitió rebajar sus condenas y someterse a terapias de rehabilitación, pero ha sido inútil. La droga lo había desequilibrado por completo en las últimas semanas. María no debió acercarse a él durante el permiso. Les juro que me aseguraré de que sea condenado por…

La joven se detuvo y tomó aire de repente, respiró hondo y se percató, un segundo después, de lo que significaban las rígidas máscaras que conformaban el rostro de padre e hijo.

- ¿No saben de qué les hablo, verdad? Es evidente. ¿No conocían a la gran mujer que tenían en casa? Compasiva, inteligente, infatigable… Sólo siento haber tenido tan poco tiempo para compartir con ella el turno de oficio. Se presentaba únicamente por las mañanas; ahora lo entiendo. La vi defender a los más desfavorecidos con uñas y dientes, con la fuerza de quien conoce los resortes oscuros de la naturaleza humana y la ternura de quien lucha para mejorarlos. Mi jefe está de acuerdo en llevar a cabo un homenaje para reconocer su labor, además de una mención especial que le otorgará el Colegio de Abogados de Madrid.

- Disculpe señorita… -respondió por fin el padre, con un hilo de voz. - Es que no sabemos qué pensar, ni qué sentir…

- Admiración, orgullo, amor… ¿Qué otra cosa podría ser? Siéntanlo todo y después déjenla descansar en paz. Y sobre todo, en libertad.


La joven fue tajante. Con un rotundo portazo, abandonó el piso donde dos sombras, padre e hijo, se abrazaban en la culpa. “Por una vez, hagamos caso a una mujer…”, musitó el padre. “Será lo mejor para nosotros”, respondió el hijo.






martes, 24 de noviembre de 2015

Una más entre tantas.

Querido Christian:

Disculpa el atrevimiento, mi admirado Christian. Escribir estas líneas me ha costado noches de insomnio, vacilaciones y dudas. La mano tiembla, pero sé que ya no tengo nada que perder. Quizá no leas esta carta; puede que se pierda entre las miles que recibes cada día o que acabe en la papelera. Pero la ilusión vive en mí todavía, igual que el deseo de acercarme a ti, aunque sea a través de estas humildes letras.

Soy una más entre tantas, lo sé. Seguramente estarás harto de recibir mensajes de adoración que no te afectan. Sé que somos una carga necesaria para un artista que vive de la pasión que despierta en mujeres anónimas. Mujeres que, como yo, se sientan ansiosas ante el televisor para verte actuar. No sé si hay equilibrio en esta dependencia, en este juego de necesidades mutuas. Pero sin duda, yo te necesito. 

¿Suena ridículo, verdad? Sonrío y me sonrojo, pero ya, ¿qué más me da?

Aferro de nuevo el bolígrafo con mis torpes dedos para seguir recordando ante el papel. Es como un lienzo blanco donde pintar el perfil de mis pobres sueños; esos que brotan de la pantalla oscura que iluminas al aparecer. Sí, llenaste de luz mi mundo, el modesto cuarto donde me refugio al lado de la lumbre, frente al televisor encendido. Te vi por primera vez galopar con tu estampa de caballero y después bajar de la montura, de un salto, para callar con un impulsivo beso a la protagonista que gritaba sin un porqué. Y te vi sonreír, satisfecho y pícaro, rodearla con tu brazo y cubrirla con una mirada plena de ternura.

Suspiro al recordarlo porque, amarrada a tu imagen, me trasladé en el tiempo. El reloj se paró y retrocedí a los veinte años. Cuando mi piel era tersa, la cintura fina, el cabello abundante; cuando aún tenía reflejos de luz en el rostro y chispas en la mirada. Cuando todavía no podía imaginar que tendría que ponerme a servir para sacar adelante a mi familia. Cuando una viuda debía ser casta de pensamiento y de obra, respetando la memoria de un marido que la dejó sola, con la única fuerza de su voluntad.

Ya no me siento culpable por sentir. Me abandono al placer de imaginarme joven y ardiente en tus brazos, temblando con el roce de tu intensa mirada y jadeando al son de tus pasos. Suena cursi, ¿verdad? Suena como todos los sentimientos que se trasladan al papel y apenas reflejan el brillo nuevo de un corazón viejo.

Mi querido Christian, los sueños son el último regalo que el corazón nos concede. Y el mío late intacto con la magia que le das. A los ochenta años, la culpa ha muerto; pudor y pecado se revelan como auténticas mentiras que se difuminan como una sombra cuando el amor se interpone entre la soledad y las ganas de seguir viviendo. Aunque sea un amor de compañía ausente. Aunque sea así, distante y plácido, imposible y seguro, tan confortable como un manto cálido y tan inofensivo como una fantasía.

Cierro los ojos, soñando, definitivamente.

Siempre tuya, una más entre tantas.






miércoles, 8 de julio de 2015

Noche y día.




Cuida el día y vigila la noche hasta que no distingas tu silueta. 

Cuando dos se funden, no hay miedo, no temas,
el viento detenido estará dispuesto a arroparte…
No asusta el silencio cuando solo escuchas tus palabras,
las familiares letras que componen la soledad.
Cuando la música hable, no habrá miedo, no temas,
flotará ante ti el contorno de una nota interminable
que amansará la pena vieja y amarás otra nueva…
Cuando nadie te eche de menos, no tengas miedo,
nada temas de los que se fueron sin más.

No habrá depredadores al acecho 
cuando la calma gane la lucha mortal
y despiadada contra el dolor.
No habrá esfuerzos estériles, 
cuando no haya a quien repartir amor,
se queda y se guarda intacto, entero, al fondo, dentro,
en el más íntimo y delicado hueco del alma.

Descansa guerrero y vigila tu paz
noche y día serán compañeros,
y unidos se fundirán para que el horizonte
no te abandone cuando pasado y presente
acudan a pelear junto a ti.


(Foto by Nicole Dangoor on Flickr.)

Con amor se paga...




Amor con amor se paga,
recitaba ella ante el espejo;
lo prometiste, repetía el eco de su voz,
vacía frente a la imagen que él borraba,
y su mano dibujaba el precio
que cada día crecía,
como en su alma el peso
de una deuda que siempre volvía.

Págame con amor,
si le debes algo a la vida, 
que el tiempo pasa y la espera mata.
Frente al espejo, rezaba ella,
no olvides que el rencor se apaga
si el amor es agua,
y el odio acaba en cenizas 
si el amor es fuego
y no sólo llama. 




viernes, 8 de mayo de 2015

Testigos de un milagro




Quedaron algunos testigos sobre la mesa, abandonados e inertes, 
testigos inmóviles y en silencio que esperaban, pacientes, 
la noche y un regreso.

Nada sabían del milagro los que, indiferentes, rodeaban la mesa,
sentados bajo la costumbre, acodados sobre la rutina,
los que caminaban sin ver el café de la plaza, 
con sus sillas de metal y mimbre,
sus conversaciones con el mismo tono y timbre
y el rumor cómodo de la vida al pasar.

Los testigos permanecieron inmutables ante el milagro
y el transcurrir de las horas.

Un vaso de agua, vacío solo de un sorbo, 
un plato con oscuras huellas de café apurado a un tiempo, 
una jarra altiva con blancas huellas y una taza desaparecida.
Ella se la llevó deprisa, aferrada al aroma que aún desprendía, 
y ocultó en su bolso el sabor y la sensación revivida.

Fue al ver a su lado en aquel café a un hombre desconocido, 
una mirada sin nombre que se posó sobre ella,
con la intensa brevedad de un rayo,
con la luz suficiente para reconocerse.

Ella en él y él en ella. En su rostro claro, el detalle de un gesto,
en su manos la forma de la ternura, en sus sensaciones,
la fuerza de la comprensión sin palabras, en diálogo de silencios.

En la misma medida se reconocieron él en ella y ella en él, 
como un milagro que se acomoda un instante
entre el aire y el sol de la tarde que se va, 
abriéndose paso con esfuerzo entre lo inmutable y lo imposible,
como un fenómeno insólito y fugaz que se sabe condenado
a sobrevivir solo en el recuerdo. 

Los testigos, mudos e impotentes, todavía esperan el regreso
del milagro, aquel que nunca volverá a ser igual:
como todos, está sentenciado a ser solo una vez.

Nadie lo presenció, nadie sabe que dos revivieron juntos,
antes de que apareciera la noche.
Los que no miran lo ignoran, los que no sienten no saben,
los ciegos de corazón olvidan
que hay milagros que cruzan el alma y pasan una tarde
en un café frente a ti.