Eva se acomoda siempre en la silla con las
piernas juntas y los brazos sobre el regazo. Se apoya en el respaldo, pensando,
o se inclina hacia adelante, escuchando, mientras atiende a lo que sucede a su
alrededor. Y sonríe. Sus compañeros comentan el proyecto que tienen entre
manos, aportando ideas y revelando sus gustos. Ella calla. Hará lo que digan
los demás y lo que digan estará bien hecho. Se deja llevar mientras guarda sus
propios pensamientos. Los mantiene bien arropados entre sus brazos, siempre
entrelazados, siempre acogedores. Si le preguntan directamente, eleva una
mirada cauta de ojos oscuros y pícaros. La sonrisa amplia y dulce. El cabello oscuro
y tirante, perfectamente recogido en una coleta. Las manos, pequeñas y fuertes,
apenas se separan del cuerpo. Si tiene que poner alguna objeción, responde
tímida, pero con contundencia. Las respuestas parecen estar escritas en sus
manos porque se mira el dorso y la palma y repasa los dedos uno por uno,
mientras sus palabras salen suaves de su boca. Esas manos podrían ser las
guardianas de su fortaleza, la que protege siempre con sus brazos, la que
mantiene a salvo de otros. El misterio de lo que jamás desvelamos es lo que nos
hace especiales y únicos. Como todos los demás.
Su abuela le contaba cuentos para dormir
cuando era pequeña y de allí comenzaron a fluir las historias que ahora
disfruta viendo y representando en el teatro. Va a hacer un corto y tendrá que
decir las palabras escritas por otros, expresar sentimientos nuevos y crear
escenas que hará suyas, con esfuerzo, tesón y voluntad. Será ella y otra. Entonces
no podrá cruzar los brazos sobre el regazo, ni podrá arroparse con el anorak,
estirando su cuello para taparse medio rostro. “Repite. Empújale otra vez, más fuerte”, dice el director. Y ella
lo hace. Abre por fin los brazos, los separa y los coloca sobre los hombros de
su compañero cumpliendo las instrucciones. Y sonríe.
El resultado lo saborea el día que se
proyecta la película. Ante un auditorio admirado y entregado, promete que la
próxima vez lo harán mejor y, al final, las lágrimas rebosarán en sus ojos, protegidas
por la oscuridad de la sala, reclamando el protagonismo de la emoción tan
difícil de contener, incluso para ella, tan acostumbrada.
A su lado, Manolo sonríe satisfecho, con su
gran esfuerzo recompensado. Activo, vital, voluntarioso, con ganas de todo, ha
conseguido el gran reto, ya sin nervios, ya con el orgullo de demostrar lo que
vale. Igual que el joven Miguel, espontáneo, inquieto y divertido. Miguel habla
con sus ojos inmensos y todos le entienden aunque no articule bien las palabras.
Y como premio sonríe, igual que Eva. Y entonces lo difícil es contener las
ganas de abrazarles.
Amparo también estuvo junto a ellos, compañera
de risas, dicharachera y extrovertida, siempre con un comentario a punto y el
ánimo intacto. Igual que Mireya, imposible de olvidar por su personalidad y
empuje. Es la voz profunda, ronca, susurrante y firme. La voz que habla claro y
sabe lo que quiere. “No somos tontos”,
dice segura. “Que la gente así, como nosotros,
con problemas, podemos hacer cosas… Que
somos iguales que los demás.”
Este post
está inspirado en los protagonistas del corto “Calcetines” y el largometraje “Máscaras”,
donde se muestra cómo se rodó el corto, día a día, con muchas ganas, sorteando
dificultades y superándolo todo entre risas y camaradería, por parte de un
grupo de discapacitados intelectuales. Ellos querían demostrar su normalidad y
lo consiguen. Pero además demuestran una mezcla de coraje y ternura impagable.
Y tras
verlos pienso que, tal vez, en demasiadas ocasiones, la “supuesta” inteligencia
de la que hacemos gala, solo sirva para coartar emociones, encarcelar sentimientos, inventar prejuicios, limitar sensaciones, fingir actitudes, y
enmascarar la humanidad que todos, por igual, llevamos dentro.
Enhorabuena por su gran trabajo a Iago González, Fe, y el resto del equipo. Y un abrazo
especial y con cariño para Isabel Iglesias @enpalabras