El escritor se concedió un minuto para pensar. Ni
uno más. Solo sesenta segundos para no impacientar a la mujer
que aguardaba la firma de su libro al otro lado de la mesa y, tras ella, algunos más dispuestos en una alborotada fila. ¿Qué
haría? Resopló. ¿Qué le pondría? Algo original. Nada cursi ni manido; algo elegante y sobrio, amable y agradecido. Su sello, un recuerdo que guardara
para siempre. Con
todos quería que fuera así, por eso dudaba con cada uno. Algo de él, sincero, como todo lo que ofrecía atrapado en el
papel, como todo lo que se escapaba de su esfuerzo diario, humilde en sus pequeños
triunfos en negras letras de molde. Ahora tenía que ser a pulso, con la forma
de sus manos, dibujando palabras con tinta. Otro arte distinto, más íntimo y personal.
Y diez segundos menos.
Alisó la página del libro y estiró la mano.
Se miró los dedos con detenimiento, como si no los reconociera, repasó el
pulido corte de las uñas y apretó el bolígrafo con fuerza. Soltó un rápido
suspiro y elevó los ojos hacia la mujer, intentando calibrar su capacidad de espera. Parecía infinita...
Morena, serena, silenciosa, sonriente. Curioso, su rostro le resultaba
familiar, pero ¿de qué?. Giró la vista hacia el cielo que amenazaba con cubrirse
de nubes plomizas. Mejor, hace demasiado calor; que llueva y refresque, pensó. Tenía
la camisa pegada a la espalda y notaba el cansancio acumulado en dos horas de saludos
e inmovilidad obligada.
Céntrate, veinte segundos menos. Aferró de
nuevo el bolígrafo que se había deslizado, lánguido, entre el pulgar y el
índice y se subió decidido la manga de la camisa. Vamos allá, ¿qué le pongo? Un
par de chicos reían en la fila mientras uno le daba al otro palmaditas en la espalda.
El gesto sirvió para acercarle la ilusión de un soplo de brisa fresca.
Respiró y contó. Treinta segundos del tamaño
de una eternidad. Sintió sobre la nuca el peso de su mirada y, de reojo, repasó
de nuevo su rostro. Esos rasgos le resultaban tan comunes y familiares… La mujer bajó la
cabeza ligeramente para animarle y acentuó la sonrisa. Plácida, imperturbable, firme.
Como la de aquella gran maestra que le enseñó a garabatear las primeras letras en un
cuaderno milimetrado. ¿Sería ella? No, imposible. Demasiado joven. Sus ojos
parecían pardos con aquella luz de sol y sombra, surcados de ligeras arrugas.
Una edad indefinible para una mujer. Y cambian tanto con el maquillaje y el
peinado, con la vida y sus marcas… Podría
ser una vecina de hace tiempo, una amiga de su madre o de su mujer, una antigua compañera de trabajo o de estudios, incluso una
novia olvidada de la infancia. ¿Cómo es que había tantas posibilidades? Si la
conociera, la dedicatoria tendría que ser aún más especial. ¿Pero cómo iba a
saberlo?
Se acabó. Fin del minuto. Tendría que
preguntarle, pero no se atrevía. Vio cientos de rostros de mujer atravesando a
toda velocidad por su mente, sin distinguir ninguno. ¿A cuántas había
conocido? ¿A tantas? Se sintió vencido, perdido y confuso. Y solo se le apareció
una palabra con claridad. Escribió:
“Gracias”
Ella abrió pausadamente las manos para
recoger el libro. Leyó sin prisas la dedicatoria, se recreó en la palabra y, con
un guiño de comprensión, le preguntó:
—¿Me has reconocido?
Sintió la tentación de mentir. Decirle que
sí, darle un par de besos y despedirse. Seguramente no la volvería a ver. Pero
no. Se aclaró la garganta y decidió ser sincero, tal como era. Envolvió su respuesta
en una amplia, acogedora y espléndida sonrisa, tal como siempre, y extendió la mano para estrechar la de la
mujer.
—Ejem… No. Lo siento, discúlpeme, hubiera
querido decirle más... Usted es…
—Tu lectora, una más y nada más que eso. Yo
también estuve perdida, como tú ahora mientras intentabas descubrir quién era.
Y te encontré. Lo que me has dicho es suficiente. Entre nosotros, lo es todo.
Y esa mano
amiga que firma y escribe, que trabaja incansable y honesta, que transmite
entusiasmo, cordialidad y cariño; esa
mano que se mueve siempre con lealtad canina y ahora tiene huellas de pasión felina, es de
Javier Sanz @jsanz. Para ti, esta dedicatoria.
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