viernes, 25 de noviembre de 2016

Juego de Hombres


“Algún día lo dejaré, sí, algún día…” Era el pensamiento que le invadía cada noche al sentir el olor a mugre que desprendía la puerta del almacén junto al puerto. A los 35 años vislumbraba su inevitable final. Moriría de un tiro por la espalda, desangrado en un callejón de madrugada, como en la típica novela negra. Solo que él no era un héroe de gabardina y sombrero calado hasta las cejas. Estaba harto de esconderse y sobrevivir como un delincuente, con el doloroso recuerdo de una mujer en las entrañas.
Se tocó el costado con el gesto que le consolaba siempre y respiró hondo. Abrió la puerta y sin saludar se encaminó hacia la mesa donde sus hombres esperaban órdenes.
—Los mexicanos nos esperarán en el muelle hasta las tres. Si no llegamos a tiempo, se marcharán con el cargamento —explicó.
Asintieron sin rechistar. Era el jefe, a su pesar. Ninguno de los otros era capaz de ponerse al mando de sus “negocios” en el puerto. No tener otra vida era lo único que les unía. Solo dudaba de Adolfo, el último del grupo, un tipo que acumulaba silencios para tapar sus deudas a la vida.
Y aquella noche Adolfo parecía más alterado que de costumbre. Miraba sin disimulo hacia el cuartucho del baño, por donde asomaba el filo de una luz azulada. El jefe dirigió hacia allí y abrió la puerta de un empujón. Unos ojos verdes le devolvieron el reflejo de los suyos. Un muchacho escuálido y moreno que sostenía un móvil entre las manos estaba sentado sobre la tapa del retrete. Parecía aterrado, pero no se movió del sitio que había tomado como fuerte.
Adolfo dio un paso e irguió la cabeza, desafiante.
—Es el hijo de mi hermano. Parece que se ha escapado de casa o eso creo, porque no suelta prenda. Siempre han tenido muchas movidas en casa…
El chico ignoraba la explicación con la mirada fija en el móvil que desprendía luces de colores al ritmo de disparos de metralleta. Movía al héroe del juego sorteando enemigos a toda velocidad. Los cuerpos quedaban mutilados y ensangrentados en un macabro espectáculo de diversión.
—¿A qué coño estás jugando, chico? —preguntó el jefe sin poder contenerse.
—¿Y vosotros, a qué jugáis? —respondió.
Se quedó atónito por la osadía del muchacho y creyó ver en sus ojos un destello de dolor, muy parecido al suyo. Un espejo de sus 15 años.
—Esto es serio. Nos jugamos la vida.
—La vida de otros… Yo quiero… Necesito aprender a matar.
—¿Qué dices, chico? ¿No tienes suficiente con ese juego? Déjalo así.
—Me llamo Ángel… No, no es suficiente. Tengo que hacerlo real.
—Vale. Escucha. Si tu tío te ha contado algo, sabrás que no somos asesinos. Nos limitamos a hacer que las armas cambien de manos. Lo que hagan con ellas, no es nuestro problema. ¿Entiendes? No matamos a nadie…
—Dilo como quieras. Viene a ser lo mismo —puntualizó, tajante.
Se sintió incapaz de seguir discutiendo. La conversación había destapado recuerdos cubiertos con grandes capas de esfuerzo. Un rostro de mujer amado y dulce, azotado por la mano del hombre que odiaba. No podía permitir que esos recuerdos resurgieran.

La operación era arriesgada y los peores presagios se confirmaron. La Guardia Civil les esperaban en el muelle donde habían acordado la entrega y los mexicanos trataban de escapar del cerco policial. Apenas les dio tiempo a escapar, aprovechando la confusión, y volver al coche. Antes de cerrar la puerta trasera se oyeron dos detonaciones y un cuerpo cayó de golpe sobre el asiento.
—¡Joder, si es el chaval! —exclamó el jefe.
Cuando regresaron al almacén, a salvo por poco tiempo, Ángel gemía afiebrado, pero consciente.
—¿No he matado a nadie, verdad, jefe? —preguntó con un hilo de voz.
—Solo has conseguido un buen rasguño. ¿En qué demonios estabas pensando?
—Quería probar… Tengo que liquidar lo que dejé pendiente en casa.
—¿Y qué tienes que liquidar?
—A mi padre.
Sí, ahí estaba. Era él a los 15 años; el mismo dolor, su misma rabia. Y una escena en el recuerdo. La lluvia aquella noche resonaba contra el tejado y de su costado izquierdo manaba la sangre que goteaba hasta el suelo. Y su sangre se unía a la de su madre en un charco oscuro. Ella agonizaba sobre las baldosas del salón; el rostro cubierto de heridas nuevas desgarrándose sobre las viejas. Su padre sostenía el cuchillo que le servía para descargar las frustraciones de su alma de bestia contra ellos. Y a los 15 años dejó de dudar. Le disparó con una vieja pistola comprada meses antes. Fue su seguro de vida y el símbolo de la angustia que le acompañaba desde que cerró los ojos de su madre con un beso y dejó bien abiertos los de su padre, como último castigo, para que no dejara de mirar el dulce rostro de la mujer que había destruido día a día. Y desde entonces llevaba la vieja pistola en una cartuchera pegada al costado, junto a la herida que le marcó más allá de la piel.
—Mi madre es lo que más quiero… —De los ojos del muchacho brotaron por fin unas lágrimas rendidas a la desesperación.
—Lo sé. Pero matar nunca es la solución. Los muertos no desaparecen como los del juego de tu móvil. Estarán presentes en la vida que trates de construir al margen de su recuerdo. No te concederán ni la libertad ni el poder que imaginas. A su modo, nos atan, nos vencen y nos entierran con ellos. No te estoy echando un sermón de cura, chico. Es la puta realidad. Lo sé bien… Te ayudaré a proteger a tu madre, ella vivirá por la mía. Y lo haremos sin juegos que nadie gana. Los necios juegan a controlar el mundo, pero los hombres solo vencen cuando se dominan a sí mismos. Tú eres mi última oportunidad, Ángel, y yo la tuya.


martes, 11 de octubre de 2016

No es poesía...



No es poesía porque le falta cadencia, ritmo y color.
No tiene adjetivos que adornen sustantivos sublimes.
No se mueve con la métrica de las olas,
ni se para al borde del precipicio que alguien pintó
para detener el tiempo y crear el suspense de una caída valiente,
La imagen del caballero que se levanta, suspira, y vence,
de la dama vestida de sol que lucha por lo que quiere.
No existen más que en sueños muertos,
resucitados por los vencidos.
No es poesía porque a la luz del día
la oscuridad gana al blanco.
Y la tinta tiñe de negro la miseria que desborda
olvido, rencor, indiferencia.
No somos héroes, dijo la musa,
No es un poema respirar para sobrevivir.
El aire va y viene y sólo unos pocos lo atrapan.
No hay versos bellos, sólo reales.
No hay dolor sin amo, ni calma sin batalla.
No es poesía la vida hasta que tú decides la rima. 


viernes, 29 de julio de 2016

Una historia de verdad.


            “Un día más y cada día más”
Ese era el lema que se había dado a sí mismo y el que giraba obsesivamente en su cabeza mientras los pies le conducían hasta la mesa de redacción del periódico. Depositó el portátil y echó un vistazo a sus compañeros que le miraron fugazmente con la habitual mezcla de envidia e indiferencia. Envidia por su atractivo rostro conocido en todo el país, famoso por su matrimonio y rico por la herencia de su poderosa mujer; indiferencia por su pobre y monótona carrera profesional. Sabía que su nombre al pie de un artículo era garantía de lectores ávidos de morbo, pero también era una decepción segura por la falta de fuerza que transmitían. Cada día era más consciente de que le había contratado por el tirón de su nombre. Lo había intentado todo, pero se sentía incapaz de ir más allá de lo que su metódico cerebro le dictaba. Sus historias se ajustaban siempre a la verdad; jamás escribía un adjetivo que no valorase como cierto y ponderado y nunca añadía un renglón que no se ciñera a criterios racionales de objetividad.

“Vamos, un tostón. Lo que escribe ese tío es un plomazo infumable.”

La frase le dejó paralizado, a punto de derramar el café, a pocos pasos de la máquina donde un grupo de compañeros aprovechaban la pausa mañanera para hablar de él, formando un animado corrillo, sin pudor ni piedad.

“Ya te digo. Lo que escribió ayer era para roncar. Manda narices que tenga la suerte de hacer lo que le dé la gana por su cara bonita de duque y lo desaproveche así…”

Conocía y detestaba la voz de ese compañero, rasposa y envenenada. Paco Martínez, el delegado sindical tan vulgar como su nombre, podía dedicarse únicamente a olfatear el ambiente, enturbiarlo a discreción y soltar sentencias, según soplara el viento. Y a él más que nadie, por supuesto. Era el blanco más fácil.

“A mí me flipa verlo. ¿Qué más da lo que escriba? Es monísimo, jiji.. La pena es que no se arregle más. No sé cómo su mujer, la duquesona, le deja salir así de casa… jiji”

Las risitas de la secretaria de redacción fueron acogidas por un coro de exclamaciones de asentimiento por parte de sus compañeras. Sabía que todas, cuando le veían, se ajustaban el escote o le lanzaban fervorosos pestañeos para captar su atención, cosa que jamás lograban porque de las mujeres, -incluida la suya-, estaba harto y cansado. Con la abundancia de oferta, había perdido el gusto.

Regresó a su mesa con las notas que había preparado para el artículo del día. Una historia sobre la lucha de una mujer contra el banco que amenazaba con embargarle el piso por el impago de la hipoteca. Algo típico y por desgracia habitual. ¿Cómo podría sacarle más chispa?

Conocía desde siempre al director de la sucursal que había suscitado el conflicto, un tipo orondo y bien intencionado que solía ganarle por unos cuantos hoyos los domingos por la tarde. El golf les unía, pero además conocía y respetaba su integridad. Sabía que en ningún momento querría perjudicar a la mujer, pese al considerable retraso en el pago de las mensualidades. Seguro que su amigo encontraría alguna solución para que el temido embargo no llegara a ejecutarse. Comenzó a escribir, sereno y firme, y trató de desarrollar la historia con el mismo cuidado con que empujaba la bola, a base de manejar imparcialidad y datos contrastados. Pero, a traición, la conversación del corrillo en la máquina del café volvió a su mente. Paró de teclear y pensó por un instante que, tal vez, la mujer podría haber tenido una dramática infancia, un posible embarazo del hombre que la había abandonado y un tumor cerebral por causa de los dolores de cabeza que le estaba provocando la amenaza de embargo. Esa sería otra historia, algo incierta, pero mucho más suculenta. Levantó la cabeza y comprobó que sus compañeros ya habían regresado a sus puestos, no sin antes dedicarle algunas miradas burlonas que le dejaron el habitual poso de desprecio y aquel doloroso rencor quemándole el pecho.

 A partir de ese momento, reanudó la escritura del texto pintando un desgarrador cuadro de dolor para la mujer de su historia, más allá de lo que había visto con sus propios ojos cuando la entrevistó. Su imaginación salvadora, dócil y sumisa, cubrió la vergüenza de adornar la verdad con mentiras y de mentir para hacer un favor a su propia ambición.

El resultado pudo saborearlo al día siguiente. Entró en la redacción, arrastrando como siempre los pies y el portátil, y fue recibido por saludos de admiración y palmadas en la espalda. Un gran éxito. Centenares de lectores compasivos habían llamado a la redacción para implicarse en el caso y evitar el desahucio de la pobre víctima del cruel sistema bancario, además del impacto y el eco en el resto de medios de comunicación. Con todo en marcha, llegó la ayuda especial de los servicios sociales y la dimisión del director de la sucursal. Se había quedado sin compañero de golf y, peor aún, sin un viejo amigo, pero el éxito parecía estar por fin en sus manos. Miró el teclado y sus finos dedos sobre él; las manos extendidas y firmes. Embriagado de euforia, vio en ellas un poder hasta ahora desconocido y en su mente creció el deseo de más.

“Has triunfado, chaval, hay que reconocerlo. A ver si tenemos que llamarte gran duque al final…”

Martínez le asestó un brusco puñetazo en el hombro, que pretendía ser de felicitación, y no ocultó cierto retintín en su enhorabuena. Pero él sintió que su camino se había abierto y despejado. Don Francisco Javier Sáenz del Rincón, duque consorte de Medina, ya tenía nombre reconocido.

Había encontrado la fórmula, a pesar de sí mismo. Y fiel a su nuevo ser, rompió las férreas barreras de su metódica cabeza y de su honesto corazón a partir de aquel día. Con más ansia y habilidad de lo que nunca hubiera imaginado comenzó a maquillar realidades sutilmente. Bastaba con dejar caer una insinuación o una falsead oportuna para que el resto de medios y la sociedad entera reaccionaran a favor o en contra de cualquier suceso. Con sus palabras abría el telón, armaba el escenario y daba pie a que empezara la función.  A partir de ahí, el resto empujaba por la escalera al afortunado o desgraciado protagonista de sus artículos. La bola de cizaña rodaba, escalón a escalón, gracias al rencor de muchos, la envidia de tantos y la ignorancia de la mayoría. En cada uno de sus artículos les facilitaba cotilleos jugosos que alimentaban maquinaciones y venganzas, y en ese juego de deshonor, multiplicado hasta el infinito, todos tiraban piedras contra tejados ajenos sin medir el daño.

Entre las famosas víctimas que fueron cayendo, por obra y gracia de sus insidiosas palabras, se encontraban un aclamado jugador de fútbol al que acusó de sospechosas actividades nocturnas, un concejal que había llenado sus arcas igual que otros pero con más avaricia y menos prudencia, y un prometedor político para el que inventó un turbio pasado en un internado inglés. La capacidad de su imaginación no tenía límites y le importaba poco el desmentido posterior o los posibles agravios. Ya no era su problema; su conciencia muerta permanecía en un conveniente silencio. Lo que ocurriera tras el punto final era responsabilidad del otro, culpa únicamente de cada lector como responsable último de lo que interpretaba más allá de sus palabras.

Un año entero se deslizó por el calendario, mientras él saboreaba su nuevo estado de euforia ilimitada. Cumplía fielmente el lema: “un día más y cada día más”. Lo había logrado y cada día lo demostraba entrando erguido y satisfecho en la redacción, caminando con paso rotundo hacia su despacho privado, el privilegiado lugar que lo había alejado de las charlas de café y que proclamaba su éxito con una reluciente placa y letras en brillante dorado. Aquel despacho era su nuevo territorio y desde él ponía en práctica el poder adquirido. No necesitaba tener sangre propia de “grande de España”, ni beber del nombre de su esposa para calmar la sed de reconocimiento. Se sentía tan lejos de ella que apenas se cruzaban algunas palabras corteses al coincidir en la casona que compartían.

Hasta que una noche recordó cómo era la voz de su mujer cuando le ponía en su sitio.

“Estás mintiendo sin parar, Francisco Javier. No tienes justificación.”, le dijo.

Ella había forzado el encuentro en el vestíbulo a media noche, el momento ideal para discutir sin testigos, después de que el servicio se hubiera acostado. Se lo temía: tenía que pasar antes o después. El riesgo era inevitable, pero no había otra solución. En la absorbente dinámica que vivía, las víctimas podían caer desde los pedestales más altos, injusta pero inevitablemente. No podía parar.

 En el anguloso rostro de su mujer leyó acusación y desprecio a partes iguales, mientras su mirada destilaba furia y decepción. Todo por un artículo que había escrito contra una de sus íntimas amigas de la alta sociedad; una marquesa de devota religiosidad que trataba de aplacar el remordimiento por su repletas arcas dirigiendo varias asociaciones benéficas a la vez. La historia daba una de cal y otra de arena, pero las ampollas se habían levantado al insinuar que las caritativas intenciones de la marquesa no eran tales y que gran parte de los donativos acababan en otras de sus nobles arcas, bien custodiadas en Suiza.

“No reconozco a mi marido. Hasta tus gestos parecen ofensivos y crueles. Eres mezquino. O paras esta cadena de falsedades o no me verás más. Ni a mí, ni a mi dinero… Y por supuesto, dejarás de usar mi nombre y mi título. ¿Está claro?”

Tan claro como la oscuridad que se cernió sobre él. Ya no debía importarle el abandono de su mujer ni la pérdida de sus privilegios. ¿O sí? Había alcanzado el éxito por sí mismo y eso era suficiente para mantener su imagen y todos los reconocimientos. ¿O no? La duda le atenazó la garganta como una soga que le apretaba al cuello a través de los ojos de su mujer y visualizó, diáfano y transparente, un futuro con nada y en la nada, si cumplía su amenaza. Aquel futuro que su imaginación le regalaba era tan siniestro como ahora era su alma.

Al día siguiente, llegó tarde a la redacción, sin alzar el mentón ni erguir la espalda. Literalmente se tambaleaba sobre los pies que parecían no poder sostenerle hasta llegar al despacho y derrumbarse sobre la delicada piel del sillón. Abrió el portátil y extendió sus finos y elegantes dedos sobre el teclado. Los miró temblar, imparables, inquietos, y se dijo: “Cálmate. Será como todas”. Febril y agotado, trató de no respirar el hedor que desprendían sus ropas. No había dormido ni un minuto de aquella interminable noche. No quería pensar. Sabía las palabras exactas para dedicar un sentido homenaje a su esposa. Tal vez las últimas; quién sabe, la suerte estaba echada.
Al fin era el protagonista de una historia de verdad que, como tantas otras, quedaría oculta tras las palabras. Siguió tecleando rápido con sus delicados dedos de cuidadas uñas, ahora ensangrentadas y sucias; negras como su conciencia y el fango que había cubierto el cuerpo de su mujer.

Comenzó a teclear…

“Con gran dolor y pesar, debo comunicar que mi amada esposa, María Luisa del Campo y Mendoza, duquesa de Medina, murió ahogada en el río esta noche…”








lunes, 9 de mayo de 2016

El mar era el mensaje...






Había perdido las horas tras la espuma leve que desaparecía
al atardecer de los días, esperando al sol que vigilaba
en el horizonte inmenso y velado que ya nada le decía.

El mar silencioso arrastraba letras sueltas de tinta seca,
entrelazadas de recuerdos breves, débiles trazos de emociones lejanas,
letras que no hablaban nunca de la vida muerta aquel atardecer,
cuando el mar devoró su amor náufrago, ahogado en el silencio de las palabras.

Le ardían los ojos entre el fondo y la orilla, leyendo respuestas vacías
con el vaivén de las olas y con ellas desaparecía la esperanza de oír
la voz que un día le habló de un amor imposible antes de partir
hacia el silencio del miedo, temblor prohibido, secreta cobardía.

Te dejé el mar, escuchó un día. Está en mí, soy yo.
Creyó oír su voz. Rugía al atardecer más alto que las olas: era él.
El que responde a quien pregunta, el que salva a quien duda,
se acerca o se hunde, atormentado o en calma,
consuelo de pequeñas muertes, descanso de vida inmortal.

Quédate aquí, ahora.
Porque soy eterno, amor, cuando soy mar.





lunes, 7 de marzo de 2016

En ninguna parte...




 No pretendía llegar a ningún sitio: tan solo ir. Quería seguir avanzando sin pensar en un destino concreto, sin tener que elegir algún horizonte conocido. No había parado de deambular hasta que llegó al bosque que desplegaba infinitas ramas rozando el cielo. El sol en su despedida iba dejando motas de luz que salpicaban las hojas y ayudaban al viento a desperdigar chispas doradas. Miró alrededor y respiró paz; casi la sentía con los dedos, tan palpable como el tacto de la hierba que pinchaba suavemente la piel al pasar la mano. Se dejó caer sobre una enorme piedra gris, vestida de verde y ocre. El musgo crecía desde el suelo alfombrado de hierbas finas y rebeldes, cerca de las margaritas pálidas que envidiaban el fulgor rojizo de las amapolas. Contempló las flores silvestres extendidas a sus pies y deseó haber creado un ramillete igual con su paleta de colores. Deseó retener el juego de luz y plasmar sus matices a lo largo de un lienzo inmenso del que emanaría la misma paz que ahora sentía. Ella era una rosa que había crecido con el color de los pétalos que debían arroparla, pero jamás los encontró. Todo hasta aquel momento había sido un cuadro borroso y tétrico, perfilado con dolorosos trazos de inquietud y decepción. La certeza de los colores puros era un regalo tan inesperado como el hallazgo de aquel destino. Tan sorprendente como la dirección de sus pasos, como la intención de sus pies que le guiaron hasta aquel bosque desconocido y mágico, como todo lo vivido que debía olvidar.
Frente a sus ojos, de repente, había aparecido horas antes la estación del tren. No supo cómo llegó allí, ni cómo llegó a estar sentada en un vagón sucio contemplando su rostro en el cristal, pálido y triste frente a la oscuridad de la noche. Habían pasado los años por las mejillas que antes se sonrojaban a la menor oportunidad. Ahora, sin aquella tersura, amparaban unos labios tiernos que no se atrevían a abrirse. Sellados bajo el silencio, con la complicidad de los ojos enmarcados en tortuosos pliegues, tristes, agotados, anhelando un descanso que no eran capaces de intuir.
No sabía el trayecto, ni tampoco le importaba. El tren fue haciendo paradas a lo largo de la noche que pasó en un duermevela inquieto. Sola, hasta que un hombre con la cara tostada y las manos agrietadas de trabajar en el campo, se sentó frente a ella y la observó de reojo, curioso.
—¿Hace buena noche, verdad? —le preguntó, intentando iniciar una conversación.
—Pues sí. No sé… —contestó ella vagamente, sin saber bien lo que estaba diciendo. No quería pensar en palabras, ni siquiera para una charla educada de compromiso.
—Bueno, bueno. Ya veo que no tiene muchas ganas de hablar… ¿No estará enferma, verdad? Si necesita ayuda, no tiene más que decírselo a Julián —añadió el hombre confuso y sorprendido por la indiferencia de ella. —Julián soy yo, claro está… ¿Y usted cómo se llama?
—Rosa, me llamo Rosa… Se lo agradezco… La verdad, no sé cómo estoy…Bien, supongo…
Sus palabras fueron muriendo en la boca mientras las decía. Finalmente, apartó la mirada del rostro de Julián y regresó al laberinto oscuro de sus pensamientos sin poder más.
Julián, pese a sus buenas intenciones, pronto perdió el interés en contemplar a aquella mujer que abría y cerraba los ojos a través de una máscara impasible. Gente de ciudad, quién los entiende, pensó. Se apeó poco después y ella siguió escrutando la noche tras la ventanilla hasta que una fina línea de luz rasgó el horizonte. La grieta en el cielo desgarró los recuerdos que, por un instante, aparecieron nítidos y precisos en su mente, como en una pantalla iluminada por el incipiente sol.  
Rosa no pretendía destruirlo, pero lo hizo. Arrojó su último cuadro con furia desde la ventana aquella noche antes de huir. El lienzo destrozado en la acera; el rostro de él besando el asfalto negro. No volvió la vista atrás. Sabía que la tela quedaría empapada por la persistente lluvia que caía y la pintura acabaría formando parte de los pequeños riachuelos que avanzaban hacia las alcantarillas. Un insólito caudal de color oscuro, bermellón y antracita: rojo y negro en las ropas de su retrato fundido con el blanco roto de su piel.
Era pálida aquella piel de hombre, tanto que parecía no haber recibido nunca la caricia del sol. Era transparente y limpio: un cristal que reflejaba lo que otros exhibían frente a él. La sonrisa dulce, el mentón firme, los rasgos duros, los ojos con destellos de negro charol. Los intensos y profundos contrastes eran la clave de un rostro que ella deseó atrapar nada más verlo.
Lo había visto aparecer en su galería de arte “Rosa Verde” un día de abril. Lo vio pasear con indiferencia entre las obras que ella exponía como si hubiera aparecido por casualidad, por un capricho sin más. Al final, se detuvo ante una escultura colocada en medio del pasillo principal, sobre un pedestal de mármol, que representaba su sufrimiento desde la infancia abandonada y que había titulado “El Dolor”. Se veía a sí misma como aquella figura: una mujer diminuta encogida con la cabeza entre las piernas y largos mechones cubriéndole el cuerpo; su cuerpo acurrucado y vencido, hasta los pies.
Después de contemplarla durante unos instantes eternos, en un gesto dulce y medido, él extendió un dedo blanco y alargado que depositó justo en la nuca de la escultura y respiró hondo, como si hubiera llegado a la esencia de su ser. Después deslizó la mano a lo largo de los mechones de pelo, uno tras otro, de arriba abajo, hasta acabar en el talón de cada pequeño pie. Suave, lentamente, sin dirección. La recorrió de principio a fin, con mimo y precisión, y cuando levantó la cabeza fue como si la hubiera dominado por completo.
Ya era totalmente suya.
En silencio, todo se había paralizado bajo su influjo. Nada se escuchaba, pero todo se sentía. Sensaciones revividas y su dolor desaparecido.
Un sutil aroma a sándalo flotó tras él cuando se dirigió hacia la salida. Fue la despedida sin adiós de un desconocido sin nombre.
El hombre que sabía acariciar el dolor.
Rosa nunca había calculado cuánto tiempo permaneció junto a la escultura, inerte y clavada en el suelo, con la mirada fija en la puerta de la galería que él había cerrado sin ruido, con los sentidos inundados de calor rojo fuego, ardiendo por una mirada negra que ya le quemaba por dentro.
Tal vez fueron semanas, tal vez meses. Recorrió la ciudad, incansable, por parques, avenidas, callejones y descampados. Se detuvo frente a fuentes secas y bancos solitarios; ante autobuses que partían vacíos y dejaban un reguero de rostros anónimos y fríos. Preguntó a las mudas esculturas callejeras, a las palomas que huían al acercarse y buscó en cualquier hueco o vacío que surgiera a su paso. Permitió que las lágrimas con su humedad mitigaran el ardor y sangró para recordar el rojo intenso que velaba sus ojos. En ninguna parte lo halló, ni pudo escapar de él.
No supo cuándo comenzó a pintarlo. Los colores se aferraron al lienzo, más allá de su voluntad. Perfiló el rostro bañado en luz blanca con los contornos matizados de ocre tostado y gris. Deslizó el pincel por su cuello hasta rozar el borde de la camisa bermellón. El oscuro moteado de plata de su cabello, el carbón de sus ojos que refulgían en la negrura de la noche que ella no encendía más que con la luz de su obsesión. Encerrada en su estudio, lo tenía apresado entre cuatro paredes y pretendía dominar esa luz que la cegaba desde el pozo en el que iba cayendo. Sin comer, sin dormir. Sus huesos cubiertos de una fina piel, ajada por la sed, reseca por el dolor impotente, la sostuvieron hasta la última pincelada.
Lo tengo aquí. Es mío y ahora debo desprenderme de él, pensó Rosa. Esa convicción atravesó al final su fatigado entendimiento. Cubrió el cuadro con seda gris, a modo de sudario. Habitaba un muerto en su casa y en su vida que revivía en cualquier lugar, se removía en su pensamiento y latía contra su voluntad.
Nunca quiso destruirlo, no lo pensó cuando lo hizo. Todo se rompería al mismo tiempo y ella caería al suelo en infinitos pedazos de cristal tan claro, nítido y transparente como el que reflejaba su piel. Se vio otra vez en el espejo que aquel día le ofreció su rostro. Reconoció su imagen oculta, la más privada y dolorosa, íntima y secreta: peligrosa e inestable; un ser débil y moldeable, una mujer dependiente del amor que se encuentra en cualquier parte.

El sol se había escapado por el horizonte cuando los recuerdos que vagaban por la mente de Rosa se agotaron definitivamente. Un suspiro agónico la levantó y caminó de nuevo, sorteando las flores silvestres que alfombraban el claro del bosque con sus ramas infinitas rozando el cielo. La confortable oscuridad de aquel lugar la acogió sin temor y reconoció la paz, a través de los recuerdos; una paz que aún seguía allí a pesar de que los colores de las margaritas habían huido con el sol y la negra capa de la noche estaba presente para arroparla. No sabía cómo había llegado hasta allí, más allá del viaje en tren y de sus pasos vacilantes, pero ahora reconocía su voluntad recobrada y la muerte de su obsesión. Sentía la conciencia de antes, de su vida de siempre, de sus sueños interrumpidos y su futuro libre.
El olvido no estaba allí, ni en ninguna parte, ahora lo sabía. Lo había llevado siempre, en búsqueda, en su obsesión, en su huida. Nunca lo dejó. Siempre estuvo dentro de ella, esperando que su propia luz lo iluminara.

Otro camino se abría ahora, poderoso, sin dolor, donde ella quisiera, en cualquier parte.



jueves, 18 de febrero de 2016

¿Quién era ella?


         Se despidieron de ella en el cementerio una tarde de enero, cuando el sol aún resistía en el horizonte. La noche llegó después para el padre y el hijo que iban arrastrando el peso de la pérdida hasta su modesto piso en la calle Real. No se atrevían a formular las preguntas para las que todavía no tenían respuestas. Tras el funeral, dos agentes de policía habían intentado interrogarles sobre el asesinato de ella, pero sólo habían obtenido negativas, balbuceos y un profundo desconcierto.

Ni el padre ni el hijo eran capaces de entender cómo María González García, esposa y madre, ama de casa de 59 años de edad, había muerto desangrada frente a la parroquia de San Sebastián Mártir, con cinco puñaladas en el cuerpo, después de ser atacada por un drogadicto fichado en numerosas ocasiones y con un largo historial delictivo. En el bolso de la mujer apareció intacto un sobre con un grueso fajo de billetes, algo insólito, además, en alguien que no manejaba más dinero que el de la compra diaria.

Un sutil aroma a magnolia les recibió cuando abrieron la puerta del piso; su perfume aún impregnaba la tapicería del sofá donde se derrumbaba al final de la jornada, agotada y silenciosa. Todo parecía en perfecto orden, tal como ella lo había dejado antes de salir. Sólo quedaba una taza de café sobre la mesa de la cocina esperando a que regresara para descansar de nuevo, limpia y reluciente, en su lugar de la alacena.

El hijo miró fijamente la taza y deseó poder leer en los posos de aquel café todas las dudas acumuladas en las últimas horas. Levantó los ojos y vio a su padre con las mismas incógnitas en el rostro, repasando con la mirada, una y otra vez, los objetos familiares de la cocina, como si cada uno llevara escrito el misterio oculto de su mujer y el motivo de la tragedia. Notó que, por primera vez, los ojos de su padre no brillaban con la ira habitual; había derrota en el gesto amargo de su boca torcida, señal del combate entre rabia e impotencia.

Como mudos testigos del desconcierto, el bolso y su misterioso contenido reposaban en una de las sillas de la cocina.

¿Tú sabes qué significa esto? —tronó la voz del padre, por fin.
- Ni idea…
- ¿Pero de dónde demonios sacó tu madre ese dinero?
- No sé… Pero está claro que no fue un robo...
- ¿Conocería a ese hombre?
- Seguramente. El poli dijo que un par de chicos les oyeron hablar antes de que la atacara…
- Joder, ¿sería su amante?
- No creo, papá. Eso es imposible…
- ¿Qué debemos pensar entonces? ¿Eh, di? ¿Qué?
- No sé…
- Si ella nunca salía… Si iba a la compra o a misa, nada más. Sola. No tenía tiempo para amigas. Yo creía que estaba siempre en casa. Que estaba bien, aquí en casa, siempre…

La voz fue perdiendo fuerza, apagándose como una llama inútil, cada vez más débil, sin oxígeno hasta extinguirse definitivamente.

Bajo la lúgubre sombra que proyectaba la figura de su padre, inmóvil frente a la ventana, recordó otras noches en las que las discusiones de la cena habían dejado paso a una tácita aceptación. Día a día, año tras año, había dejado de oír las protestas de su madre y las órdenes tajantes de su padre. Ella tenía que quedarse en casa y no había más que hablar. Tenía que cuidar a su hijo sin que nada le faltase y, por supuesto, tenía que cuidarle a él, ocuparse hasta del último detalle, para su comodidad, para que pudiera soportar mejor la larga jornada en la oficina: las camisas limpias, la comida caliente y casera, las zapatillas a punto y el sofá reservado al llegar a casa. Ese era el orden natural de las cosas. Así había sido siempre y así tenía que ser; así lo hizo su madre y la madre de su madre y otras muchas antes que ellas desde el principio de los tiempos… Amén.

Ahora sabía que el silencio de su madre no había sido consentimiento; no fue resignación ni cobardía, sino amor y desafío a partes iguales. Su madre había huido, al menos durante algunas horas al día lejos del cerco que imponía su padre. “¿Pero cómo?”

¿Y esto qué es? ¿Qué coño son todos estos papeles?

El grito de su padre le sobresaltó de nuevo. Sobre la cama de matrimonio había desperdigado el contenido de los cajones y, con medio cuerpo en el armario, lanzaba ropa en un confuso montón que aumentaba sin parar: la bata vieja de su madre, ropa interior desgastada por el uso, el par de zapatillas que usaba en casa y algunas prendas más, descoloridas y deshilachadas de tanto lavarlas. Encima fue colocando trajes de vestir, elegantes y sobrios, camisas blancas de delicado encaje y varios pares de zapatos oscuros de tacón. Sobre la cama, ya sin apenas espacio, apiló carpetas y papeles sueltos donde aparecían reseñados nombres y casos judiciales, sentencias, requerimientos y numerosos documentos oficiales que se vio incapaz de descifrar. Al fondo del mueble, junto a un título de licenciatura en Derecho, apareció un sobre marrón con dinero y un significativo mensaje: “Por si falto…”

¿Cómo es posible que guardara todo esto sin que yo lo supiera? ¿Y para qué?…

De la furia había pasado al abatimiento. Se derrumbó sobre el montón de ropas, objetos y papeles que cubrían la sencilla colcha de matrimonio y se tapó la cara con las manos para no ver, como siempre había hecho. No la veía, en realidad nunca la miró bien ni preguntó. ¿Para qué? Ella estaba presente a la hora en punto para él. “Era suficiente, ¿o no?...”

El timbre rompió el silencio y el hijo abrió la puerta a una elegante y resuelta joven que lucía un velo triste en los ojos. La sorpresa hizo que padre e hijo se quedaran plantados en el vestíbulo con la mirada turbia y el rostro inexpresivo.

- Lamento llegar tarde para darles el pésame. Me ha dolido mucho la muerte de María y más de esta forma tan cruel e inmerecida. Era una gran compañera, profesional y diligente. La mejor abogada que he conocido. Ella hizo todo lo posible por ayudar a Wilson, le permitió rebajar sus condenas y someterse a terapias de rehabilitación, pero ha sido inútil. La droga lo había desequilibrado por completo en las últimas semanas. María no debió acercarse a él durante el permiso. Les juro que me aseguraré de que sea condenado por…

La joven se detuvo y tomó aire de repente, respiró hondo y se percató, un segundo después, de lo que significaban las rígidas máscaras que conformaban el rostro de padre e hijo.

- ¿No saben de qué les hablo, verdad? Es evidente. ¿No conocían a la gran mujer que tenían en casa? Compasiva, inteligente, infatigable… Sólo siento haber tenido tan poco tiempo para compartir con ella el turno de oficio. Se presentaba únicamente por las mañanas; ahora lo entiendo. La vi defender a los más desfavorecidos con uñas y dientes, con la fuerza de quien conoce los resortes oscuros de la naturaleza humana y la ternura de quien lucha para mejorarlos. Mi jefe está de acuerdo en llevar a cabo un homenaje para reconocer su labor, además de una mención especial que le otorgará el Colegio de Abogados de Madrid.

- Disculpe señorita… -respondió por fin el padre, con un hilo de voz. - Es que no sabemos qué pensar, ni qué sentir…

- Admiración, orgullo, amor… ¿Qué otra cosa podría ser? Siéntanlo todo y después déjenla descansar en paz. Y sobre todo, en libertad.


La joven fue tajante. Con un rotundo portazo, abandonó el piso donde dos sombras, padre e hijo, se abrazaban en la culpa. “Por una vez, hagamos caso a una mujer…”, musitó el padre. “Será lo mejor para nosotros”, respondió el hijo.






martes, 24 de noviembre de 2015

Una más entre tantas.

Querido Christian:

Disculpa el atrevimiento, mi admirado Christian. Escribir estas líneas me ha costado noches de insomnio, vacilaciones y dudas. La mano tiembla, pero sé que ya no tengo nada que perder. Quizá no leas esta carta; puede que se pierda entre las miles que recibes cada día o que acabe en la papelera. Pero la ilusión vive en mí todavía, igual que el deseo de acercarme a ti, aunque sea a través de estas humildes letras.

Soy una más entre tantas, lo sé. Seguramente estarás harto de recibir mensajes de adoración que no te afectan. Sé que somos una carga necesaria para un artista que vive de la pasión que despierta en mujeres anónimas. Mujeres que, como yo, se sientan ansiosas ante el televisor para verte actuar. No sé si hay equilibrio en esta dependencia, en este juego de necesidades mutuas. Pero sin duda, yo te necesito. 

¿Suena ridículo, verdad? Sonrío y me sonrojo, pero ya, ¿qué más me da?

Aferro de nuevo el bolígrafo con mis torpes dedos para seguir recordando ante el papel. Es como un lienzo blanco donde pintar el perfil de mis pobres sueños; esos que brotan de la pantalla oscura que iluminas al aparecer. Sí, llenaste de luz mi mundo, el modesto cuarto donde me refugio al lado de la lumbre, frente al televisor encendido. Te vi por primera vez galopar con tu estampa de caballero y después bajar de la montura, de un salto, para callar con un impulsivo beso a la protagonista que gritaba sin un porqué. Y te vi sonreír, satisfecho y pícaro, rodearla con tu brazo y cubrirla con una mirada plena de ternura.

Suspiro al recordarlo porque, amarrada a tu imagen, me trasladé en el tiempo. El reloj se paró y retrocedí a los veinte años. Cuando mi piel era tersa, la cintura fina, el cabello abundante; cuando aún tenía reflejos de luz en el rostro y chispas en la mirada. Cuando todavía no podía imaginar que tendría que ponerme a servir para sacar adelante a mi familia. Cuando una viuda debía ser casta de pensamiento y de obra, respetando la memoria de un marido que la dejó sola, con la única fuerza de su voluntad.

Ya no me siento culpable por sentir. Me abandono al placer de imaginarme joven y ardiente en tus brazos, temblando con el roce de tu intensa mirada y jadeando al son de tus pasos. Suena cursi, ¿verdad? Suena como todos los sentimientos que se trasladan al papel y apenas reflejan el brillo nuevo de un corazón viejo.

Mi querido Christian, los sueños son el último regalo que el corazón nos concede. Y el mío late intacto con la magia que le das. A los ochenta años, la culpa ha muerto; pudor y pecado se revelan como auténticas mentiras que se difuminan como una sombra cuando el amor se interpone entre la soledad y las ganas de seguir viviendo. Aunque sea un amor de compañía ausente. Aunque sea así, distante y plácido, imposible y seguro, tan confortable como un manto cálido y tan inofensivo como una fantasía.

Cierro los ojos, soñando, definitivamente.

Siempre tuya, una más entre tantas.