martes, 7 de febrero de 2017

Te debo un poema de amor




Tal vez fue entre la niebla o cuando el otoño caía,
ayer cuando temblaba, el año pasado o el anterior,
quizá fue entonces, se me rompió un poema entre los dedos
antes o después de que el dolor se desvaneciera
el poema quedó en suspenso, prendido a un recuerdo,
que ya no vivía,
flotaban las palabras de siempre, tan rozadas, tan sentidas
entre tú y yo, piel, renuncia, abrazo, deseo,
nada nuevo entre los amantes, a estrenar para nosotros,
renacíamos juntos, creímos reinventar
eso tan trillado que florece en primavera
o cuando el frío ahoga, eso que llaman amor, amor eterno.
Y fue tan lento, tu abandono, tan lento como un adiós
que no se nombra, y su sombra crece, abraza el alma
y se congelan las palabras, y nada suena entorno a ti,
poco a poco te vas, y tu sonrisa queda atrapada,
en el olvido te fundes y tu voz se apaga y tu risa
es eco en la cima de una montaña que no alcanza
el cielo que prometías.

Y regresas a tu paz, dejándome el tormento y la vergüenza,
soledad inesperada,
mentiras habituales, traición por costumbre, 
vulgar aliado de la cobardía tu silencio, 
te comprendo, tan manido, tan usado,
nada nuevo y un poema encerrado  
que gritaría orgullo y decepción, horas entregadas,
ternura malgastada, amor vencido, antes y ahora.


No hay letras desnudas, todas van vestidas de piel desgarrada,
no hay alma que no se encoja entre sentimientos.
No hay poema de adiós que no estalle y escupa tinta de odio
hasta que las palabras y su dolor acuden solas al poema,
un poema al que las palabras empujan, palabras que se rebelan,
entonces y ahora, saben ser promesa,
luchan por ellas, se niegan a no ser,
palabras que cumplen y son 
un poema de amor.





martes, 31 de enero de 2017

Fuera de contexto.




Ante ti amanece un atardecer de terciopelo, 
lienzo para sueños jóvenes, color melocotón para hincarle el diente,
pensando en más pedazos para completar el festín.

Cuando el sol te abandone, te verás confuso, 
la oscuridad es ingrata y ciega, habla en silencio,
las palabras me dejaron tirado, gritarás,
sobre el suelo, lágrimas,
alguien te sacó de contexto. 

Me dirás que estás cansado, que nadie te comprende,
Me dirás que has vivido mucho y te responderé que no lo suficiente.

Los años aún visten tu piel con peso liviano,
no duelen al caer ni aprietan la frente,
no te atan todavía con el interminable nudo
que enreda sentimientos adultos hasta volverlos viejos.

De un lado verás tu mundo, del otro la realidad.

Aún has de alimentar tu mente rebelde sin el corazón triste,
esquivar disparos que son decepciones, escribir silencios, 
odiar traiciones,
y desgastar más zapatillas en piedras duras, en atardeceres grises.
Tropezar y caer es el juego cruel de los años, 
se deslizan mientras nos aferramos a una tabla que no salva,
sólo empuja y avanza hasta dejarnos magulladuras nuevas,
perdón, dolor y huesos rotos.

Aún has de crecer y creer, 
porque la intuyes pero no la ves, 
es la existencia de tu verdad,
es la promesa de una vida que te invitó a una fiesta
donde contemplas que el amor va y viene, pero algo deja.

Aún has de ser el hierro que forja amistades y doblega penas, 
la mano que da forma a una historia valiente,
la que escribe palabras inventadas para su propio texto,
el amor que adorna el mundo y se queda con él,
el futuro que hará tu corazón más inmenso. 
Aún.



(Foto by Jorge Santos)



lunes, 23 de enero de 2017

Mensaje en una botella





No era el mar pero se le parecía. 
El sudor que desprendían los cuerpos 
impregnaba el aire de humedad y sal. 
Llegaban en oleadas, puntuales,
como una marea inquieta y oscura que anegaba las vías 
hasta que el tren lleno devolvía una estación en calma, 
con orillas plagadas de envoltorios, 
deseos agotados,
papeles arrugados y alguna colilla. 
Entre los restos apareció un día una botella solitaria, 
transparente y vacía. 
Aguantó el empuje hasta perecer hecha añicos 
entre los pies que corrían. 
“Estoy aquí”, gritó.
Eran sus pedazos al romperse. 



jueves, 19 de enero de 2017

El círculo




El primer paso llega el primer año,
cuando aún no has pintado los horizontes.
Niño de pie, te empujan a una aventura dubitativa y torpe,
y asomas la cabeza descubriendo otra esquina prometedora,
y das un paso, y otro, sin parar en el desvío que te lleva 
a donde no sabes si llegarás.

Busca tu camino,

encontrarás tu destino, dice la rima.

Y durante años recorres senderos estrechos 

soñados como luminosas avenidas abiertas a la esperanza
y confías en que tus pasos rectos te descubran un refugio,
las palabras justas, el acomodo seguro, la ciencia cierta. 
Hasta ese punto en el que giras la cabeza y ves un círculo
detrás, y delante un traspiés, y una vuelta más.

La vida te rodea

y giras sin saber si tus pasos avanzan o retroceden,
si retornas al límite de las ilusiones,
o estás delante de lo que no es,
los cimientos se hunden y las señales tiemblan,
y dudas al no sentir 
si duele más pisar el suelo ya desgastado o la salida que no se ve.

Y un año descubres que el futuro es ese círculo

que va dibujando el pasado que te aferra a lo que eres,
por veredas tortuosas en tropiezos mil veces cometidos,
y son tus pasos el camino, dijo el poeta,
el mismo camino siempre
y nada más. 



viernes, 25 de noviembre de 2016

Juego de Hombres


“Algún día lo dejaré, sí, algún día…” Era el pensamiento que le invadía cada noche al sentir el olor a mugre que desprendía la puerta del almacén junto al puerto. A los 35 años vislumbraba su inevitable final. Moriría de un tiro por la espalda, desangrado en un callejón de madrugada, como en la típica novela negra. Solo que él no era un héroe de gabardina y sombrero calado hasta las cejas. Estaba harto de esconderse y sobrevivir como un delincuente, con el doloroso recuerdo de una mujer en las entrañas.
Se tocó el costado con el gesto que le consolaba siempre y respiró hondo. Abrió la puerta y sin saludar se encaminó hacia la mesa donde sus hombres esperaban órdenes.
—Los mexicanos nos esperarán en el muelle hasta las tres. Si no llegamos a tiempo, se marcharán con el cargamento —explicó.
Asintieron sin rechistar. Era el jefe, a su pesar. Ninguno de los otros era capaz de ponerse al mando de sus “negocios” en el puerto. No tener otra vida era lo único que les unía. Solo dudaba de Adolfo, el último del grupo, un tipo que acumulaba silencios para tapar sus deudas a la vida.
Y aquella noche Adolfo parecía más alterado que de costumbre. Miraba sin disimulo hacia el cuartucho del baño, por donde asomaba el filo de una luz azulada. El jefe dirigió hacia allí y abrió la puerta de un empujón. Unos ojos verdes le devolvieron el reflejo de los suyos. Un muchacho escuálido y moreno que sostenía un móvil entre las manos estaba sentado sobre la tapa del retrete. Parecía aterrado, pero no se movió del sitio que había tomado como fuerte.
Adolfo dio un paso e irguió la cabeza, desafiante.
—Es el hijo de mi hermano. Parece que se ha escapado de casa o eso creo, porque no suelta prenda. Siempre han tenido muchas movidas en casa…
El chico ignoraba la explicación con la mirada fija en el móvil que desprendía luces de colores al ritmo de disparos de metralleta. Movía al héroe del juego sorteando enemigos a toda velocidad. Los cuerpos quedaban mutilados y ensangrentados en un macabro espectáculo de diversión.
—¿A qué coño estás jugando, chico? —preguntó el jefe sin poder contenerse.
—¿Y vosotros, a qué jugáis? —respondió.
Se quedó atónito por la osadía del muchacho y creyó ver en sus ojos un destello de dolor, muy parecido al suyo. Un espejo de sus 15 años.
—Esto es serio. Nos jugamos la vida.
—La vida de otros… Yo quiero… Necesito aprender a matar.
—¿Qué dices, chico? ¿No tienes suficiente con ese juego? Déjalo así.
—Me llamo Ángel… No, no es suficiente. Tengo que hacerlo real.
—Vale. Escucha. Si tu tío te ha contado algo, sabrás que no somos asesinos. Nos limitamos a hacer que las armas cambien de manos. Lo que hagan con ellas, no es nuestro problema. ¿Entiendes? No matamos a nadie…
—Dilo como quieras. Viene a ser lo mismo —puntualizó, tajante.
Se sintió incapaz de seguir discutiendo. La conversación había destapado recuerdos cubiertos con grandes capas de esfuerzo. Un rostro de mujer amado y dulce, azotado por la mano del hombre que odiaba. No podía permitir que esos recuerdos resurgieran.

La operación era arriesgada y los peores presagios se confirmaron. La Guardia Civil les esperaban en el muelle donde habían acordado la entrega y los mexicanos trataban de escapar del cerco policial. Apenas les dio tiempo a escapar, aprovechando la confusión, y volver al coche. Antes de cerrar la puerta trasera se oyeron dos detonaciones y un cuerpo cayó de golpe sobre el asiento.
—¡Joder, si es el chaval! —exclamó el jefe.
Cuando regresaron al almacén, a salvo por poco tiempo, Ángel gemía afiebrado, pero consciente.
—¿No he matado a nadie, verdad, jefe? —preguntó con un hilo de voz.
—Solo has conseguido un buen rasguño. ¿En qué demonios estabas pensando?
—Quería probar… Tengo que liquidar lo que dejé pendiente en casa.
—¿Y qué tienes que liquidar?
—A mi padre.
Sí, ahí estaba. Era él a los 15 años; el mismo dolor, su misma rabia. Y una escena en el recuerdo. La lluvia aquella noche resonaba contra el tejado y de su costado izquierdo manaba la sangre que goteaba hasta el suelo. Y su sangre se unía a la de su madre en un charco oscuro. Ella agonizaba sobre las baldosas del salón; el rostro cubierto de heridas nuevas desgarrándose sobre las viejas. Su padre sostenía el cuchillo que le servía para descargar las frustraciones de su alma de bestia contra ellos. Y a los 15 años dejó de dudar. Le disparó con una vieja pistola comprada meses antes. Fue su seguro de vida y el símbolo de la angustia que le acompañaba desde que cerró los ojos de su madre con un beso y dejó bien abiertos los de su padre, como último castigo, para que no dejara de mirar el dulce rostro de la mujer que había destruido día a día. Y desde entonces llevaba la vieja pistola en una cartuchera pegada al costado, junto a la herida que le marcó más allá de la piel.
—Mi madre es lo que más quiero… —De los ojos del muchacho brotaron por fin unas lágrimas rendidas a la desesperación.
—Lo sé. Pero matar nunca es la solución. Los muertos no desaparecen como los del juego de tu móvil. Estarán presentes en la vida que trates de construir al margen de su recuerdo. No te concederán ni la libertad ni el poder que imaginas. A su modo, nos atan, nos vencen y nos entierran con ellos. No te estoy echando un sermón de cura, chico. Es la puta realidad. Lo sé bien… Te ayudaré a proteger a tu madre, ella vivirá por la mía. Y lo haremos sin juegos que nadie gana. Los necios juegan a controlar el mundo, pero los hombres solo vencen cuando se dominan a sí mismos. Tú eres mi última oportunidad, Ángel, y yo la tuya.


martes, 11 de octubre de 2016

No es poesía...



No es poesía porque le falta cadencia, ritmo y color.
No tiene adjetivos que adornen sustantivos sublimes.
No se mueve con la métrica de las olas,
ni se para al borde del precipicio que alguien pintó
para detener el tiempo y crear el suspense de una caída valiente,
La imagen del caballero que se levanta, suspira, y vence,
de la dama vestida de sol que lucha por lo que quiere.
No existen más que en sueños muertos,
resucitados por los vencidos.
No es poesía porque a la luz del día
la oscuridad gana al blanco.
Y la tinta tiñe de negro la miseria que desborda
olvido, rencor, indiferencia.
No somos héroes, dijo la musa,
No es un poema respirar para sobrevivir.
El aire va y viene y sólo unos pocos lo atrapan.
No hay versos bellos, sólo reales.
No hay dolor sin amo, ni calma sin batalla.
No es poesía la vida hasta que tú decides la rima. 


viernes, 29 de julio de 2016

Una historia de verdad.


            “Un día más y cada día más”
Ese era el lema que se había dado a sí mismo y el que giraba obsesivamente en su cabeza mientras los pies le conducían hasta la mesa de redacción del periódico. Depositó el portátil y echó un vistazo a sus compañeros que le miraron fugazmente con la habitual mezcla de envidia e indiferencia. Envidia por su atractivo rostro conocido en todo el país, famoso por su matrimonio y rico por la herencia de su poderosa mujer; indiferencia por su pobre y monótona carrera profesional. Sabía que su nombre al pie de un artículo era garantía de lectores ávidos de morbo, pero también era una decepción segura por la falta de fuerza que transmitían. Cada día era más consciente de que le había contratado por el tirón de su nombre. Lo había intentado todo, pero se sentía incapaz de ir más allá de lo que su metódico cerebro le dictaba. Sus historias se ajustaban siempre a la verdad; jamás escribía un adjetivo que no valorase como cierto y ponderado y nunca añadía un renglón que no se ciñera a criterios racionales de objetividad.

“Vamos, un tostón. Lo que escribe ese tío es un plomazo infumable.”

La frase le dejó paralizado, a punto de derramar el café, a pocos pasos de la máquina donde un grupo de compañeros aprovechaban la pausa mañanera para hablar de él, formando un animado corrillo, sin pudor ni piedad.

“Ya te digo. Lo que escribió ayer era para roncar. Manda narices que tenga la suerte de hacer lo que le dé la gana por su cara bonita de duque y lo desaproveche así…”

Conocía y detestaba la voz de ese compañero, rasposa y envenenada. Paco Martínez, el delegado sindical tan vulgar como su nombre, podía dedicarse únicamente a olfatear el ambiente, enturbiarlo a discreción y soltar sentencias, según soplara el viento. Y a él más que nadie, por supuesto. Era el blanco más fácil.

“A mí me flipa verlo. ¿Qué más da lo que escriba? Es monísimo, jiji.. La pena es que no se arregle más. No sé cómo su mujer, la duquesona, le deja salir así de casa… jiji”

Las risitas de la secretaria de redacción fueron acogidas por un coro de exclamaciones de asentimiento por parte de sus compañeras. Sabía que todas, cuando le veían, se ajustaban el escote o le lanzaban fervorosos pestañeos para captar su atención, cosa que jamás lograban porque de las mujeres, -incluida la suya-, estaba harto y cansado. Con la abundancia de oferta, había perdido el gusto.

Regresó a su mesa con las notas que había preparado para el artículo del día. Una historia sobre la lucha de una mujer contra el banco que amenazaba con embargarle el piso por el impago de la hipoteca. Algo típico y por desgracia habitual. ¿Cómo podría sacarle más chispa?

Conocía desde siempre al director de la sucursal que había suscitado el conflicto, un tipo orondo y bien intencionado que solía ganarle por unos cuantos hoyos los domingos por la tarde. El golf les unía, pero además conocía y respetaba su integridad. Sabía que en ningún momento querría perjudicar a la mujer, pese al considerable retraso en el pago de las mensualidades. Seguro que su amigo encontraría alguna solución para que el temido embargo no llegara a ejecutarse. Comenzó a escribir, sereno y firme, y trató de desarrollar la historia con el mismo cuidado con que empujaba la bola, a base de manejar imparcialidad y datos contrastados. Pero, a traición, la conversación del corrillo en la máquina del café volvió a su mente. Paró de teclear y pensó por un instante que, tal vez, la mujer podría haber tenido una dramática infancia, un posible embarazo del hombre que la había abandonado y un tumor cerebral por causa de los dolores de cabeza que le estaba provocando la amenaza de embargo. Esa sería otra historia, algo incierta, pero mucho más suculenta. Levantó la cabeza y comprobó que sus compañeros ya habían regresado a sus puestos, no sin antes dedicarle algunas miradas burlonas que le dejaron el habitual poso de desprecio y aquel doloroso rencor quemándole el pecho.

 A partir de ese momento, reanudó la escritura del texto pintando un desgarrador cuadro de dolor para la mujer de su historia, más allá de lo que había visto con sus propios ojos cuando la entrevistó. Su imaginación salvadora, dócil y sumisa, cubrió la vergüenza de adornar la verdad con mentiras y de mentir para hacer un favor a su propia ambición.

El resultado pudo saborearlo al día siguiente. Entró en la redacción, arrastrando como siempre los pies y el portátil, y fue recibido por saludos de admiración y palmadas en la espalda. Un gran éxito. Centenares de lectores compasivos habían llamado a la redacción para implicarse en el caso y evitar el desahucio de la pobre víctima del cruel sistema bancario, además del impacto y el eco en el resto de medios de comunicación. Con todo en marcha, llegó la ayuda especial de los servicios sociales y la dimisión del director de la sucursal. Se había quedado sin compañero de golf y, peor aún, sin un viejo amigo, pero el éxito parecía estar por fin en sus manos. Miró el teclado y sus finos dedos sobre él; las manos extendidas y firmes. Embriagado de euforia, vio en ellas un poder hasta ahora desconocido y en su mente creció el deseo de más.

“Has triunfado, chaval, hay que reconocerlo. A ver si tenemos que llamarte gran duque al final…”

Martínez le asestó un brusco puñetazo en el hombro, que pretendía ser de felicitación, y no ocultó cierto retintín en su enhorabuena. Pero él sintió que su camino se había abierto y despejado. Don Francisco Javier Sáenz del Rincón, duque consorte de Medina, ya tenía nombre reconocido.

Había encontrado la fórmula, a pesar de sí mismo. Y fiel a su nuevo ser, rompió las férreas barreras de su metódica cabeza y de su honesto corazón a partir de aquel día. Con más ansia y habilidad de lo que nunca hubiera imaginado comenzó a maquillar realidades sutilmente. Bastaba con dejar caer una insinuación o una falsead oportuna para que el resto de medios y la sociedad entera reaccionaran a favor o en contra de cualquier suceso. Con sus palabras abría el telón, armaba el escenario y daba pie a que empezara la función.  A partir de ahí, el resto empujaba por la escalera al afortunado o desgraciado protagonista de sus artículos. La bola de cizaña rodaba, escalón a escalón, gracias al rencor de muchos, la envidia de tantos y la ignorancia de la mayoría. En cada uno de sus artículos les facilitaba cotilleos jugosos que alimentaban maquinaciones y venganzas, y en ese juego de deshonor, multiplicado hasta el infinito, todos tiraban piedras contra tejados ajenos sin medir el daño.

Entre las famosas víctimas que fueron cayendo, por obra y gracia de sus insidiosas palabras, se encontraban un aclamado jugador de fútbol al que acusó de sospechosas actividades nocturnas, un concejal que había llenado sus arcas igual que otros pero con más avaricia y menos prudencia, y un prometedor político para el que inventó un turbio pasado en un internado inglés. La capacidad de su imaginación no tenía límites y le importaba poco el desmentido posterior o los posibles agravios. Ya no era su problema; su conciencia muerta permanecía en un conveniente silencio. Lo que ocurriera tras el punto final era responsabilidad del otro, culpa únicamente de cada lector como responsable último de lo que interpretaba más allá de sus palabras.

Un año entero se deslizó por el calendario, mientras él saboreaba su nuevo estado de euforia ilimitada. Cumplía fielmente el lema: “un día más y cada día más”. Lo había logrado y cada día lo demostraba entrando erguido y satisfecho en la redacción, caminando con paso rotundo hacia su despacho privado, el privilegiado lugar que lo había alejado de las charlas de café y que proclamaba su éxito con una reluciente placa y letras en brillante dorado. Aquel despacho era su nuevo territorio y desde él ponía en práctica el poder adquirido. No necesitaba tener sangre propia de “grande de España”, ni beber del nombre de su esposa para calmar la sed de reconocimiento. Se sentía tan lejos de ella que apenas se cruzaban algunas palabras corteses al coincidir en la casona que compartían.

Hasta que una noche recordó cómo era la voz de su mujer cuando le ponía en su sitio.

“Estás mintiendo sin parar, Francisco Javier. No tienes justificación.”, le dijo.

Ella había forzado el encuentro en el vestíbulo a media noche, el momento ideal para discutir sin testigos, después de que el servicio se hubiera acostado. Se lo temía: tenía que pasar antes o después. El riesgo era inevitable, pero no había otra solución. En la absorbente dinámica que vivía, las víctimas podían caer desde los pedestales más altos, injusta pero inevitablemente. No podía parar.

 En el anguloso rostro de su mujer leyó acusación y desprecio a partes iguales, mientras su mirada destilaba furia y decepción. Todo por un artículo que había escrito contra una de sus íntimas amigas de la alta sociedad; una marquesa de devota religiosidad que trataba de aplacar el remordimiento por su repletas arcas dirigiendo varias asociaciones benéficas a la vez. La historia daba una de cal y otra de arena, pero las ampollas se habían levantado al insinuar que las caritativas intenciones de la marquesa no eran tales y que gran parte de los donativos acababan en otras de sus nobles arcas, bien custodiadas en Suiza.

“No reconozco a mi marido. Hasta tus gestos parecen ofensivos y crueles. Eres mezquino. O paras esta cadena de falsedades o no me verás más. Ni a mí, ni a mi dinero… Y por supuesto, dejarás de usar mi nombre y mi título. ¿Está claro?”

Tan claro como la oscuridad que se cernió sobre él. Ya no debía importarle el abandono de su mujer ni la pérdida de sus privilegios. ¿O sí? Había alcanzado el éxito por sí mismo y eso era suficiente para mantener su imagen y todos los reconocimientos. ¿O no? La duda le atenazó la garganta como una soga que le apretaba al cuello a través de los ojos de su mujer y visualizó, diáfano y transparente, un futuro con nada y en la nada, si cumplía su amenaza. Aquel futuro que su imaginación le regalaba era tan siniestro como ahora era su alma.

Al día siguiente, llegó tarde a la redacción, sin alzar el mentón ni erguir la espalda. Literalmente se tambaleaba sobre los pies que parecían no poder sostenerle hasta llegar al despacho y derrumbarse sobre la delicada piel del sillón. Abrió el portátil y extendió sus finos y elegantes dedos sobre el teclado. Los miró temblar, imparables, inquietos, y se dijo: “Cálmate. Será como todas”. Febril y agotado, trató de no respirar el hedor que desprendían sus ropas. No había dormido ni un minuto de aquella interminable noche. No quería pensar. Sabía las palabras exactas para dedicar un sentido homenaje a su esposa. Tal vez las últimas; quién sabe, la suerte estaba echada.
Al fin era el protagonista de una historia de verdad que, como tantas otras, quedaría oculta tras las palabras. Siguió tecleando rápido con sus delicados dedos de cuidadas uñas, ahora ensangrentadas y sucias; negras como su conciencia y el fango que había cubierto el cuerpo de su mujer.

Comenzó a teclear…

“Con gran dolor y pesar, debo comunicar que mi amada esposa, María Luisa del Campo y Mendoza, duquesa de Medina, murió ahogada en el río esta noche…”